LOS ROSARIOS DE LA AURORA EN MENGÍBAR (I Parte.) Sebastián Barahona Vallecillo,Cronista Oficial de Mengíbar


virgen de fatima blog

 

 

LOS ROSARIOS DE LA AURORA EN MENGÍBAR-(I Parte.)

Sebastián Barahona Vallecillo Cronista Oficial de Mengíbar.

 

Una tradición popular, emotiva y entrañable.

«A las dos de la mañana saldrán los Hermanos de casa del Mayor con un canto y acompañados con guitarra, instrumento propio para acompañar en las coplas a María Santísima, según su tradición, y cantarán una copla en la puerta de. CADA Hermano, como igualmente al Clero Parroquial y una vez terminados, marcharán a casa del Hermano Mayor para salir al segundo toque del Rosario de ¡a Aurora con banderas…» (Estatutos de la Cofradía de la Virgen del Rosario, de Mengíbar)

Cuando el verano declina y el otoño se asoma con sus infinitos tonos cro­máticos, entre verdes y amarillos, por las arboledas, y grises y pardos en las tierras de labor, resecas y carentes en apariencia de vida, Mengíbar vive intensamente unas celebraciones, difíciles de precisar en sus orígenes, aunque no en su significado. Quizá surgieran, hace muchos años, cuando sus recios, abnegados y sufridos hombres habían terminado de las largas y penosas fa­enas en la recolección veraniega y necesitaban llenar el tiempo ocioso, hasta que llegase la simienza, con alguna ACTIVIDAD festiva y atrayente, como la que surgió en el seno de unas seculares cofradías, cuyas festividades coincidían en el mes de septiembre, como las de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Virgen de los Dolores, y muy cercanas al mismo, como Virgen de) Carmen y Virgen del Rosario.

Sin embargo, resulta sorprendente ver el arraigo de esta tradición men-gibareña, que se remonta a varios siglos de existencia. Prueba de ello, en el legajo NÚMERO 4.158, existente en el Archivo Histórico Provincial de Jaén, sec­ción de escribanos, el vecino de Mengíbar, Juan de Aguilera, hace testamento ante el escribano del mismo lugar, Miguel Antonio Sánchez, el 25 de febrero de 1793, y en el mismo manda, entre otras: «que se den seis reales de limosna a la Cofradía de la Virgen del Rosario, que se sirve en la iglesia parroquial de San Pedro de esta villa, para que en la madrugada del domingo siguiente los Hermanos de ella salgan por las calles públicas de esta villa, rezando el Ro­sario de la Aurora, desde la calle del Pozuelo, donde él vive, cada año, por Memoria Perpetua y para siempre». Esto demuestra que el rezo del Rosario de la Aurora era bastante corriente en Mengíbar y, sobre todo, la profunda vivencia de sus habitantes en esta tradición, recibida de sus mayores, no como simple herencia de la festividad o costumbre, sino de participación en el la­tido hondo de estas celebraciones. De ahí, que los mengibareños de ambos sexos, contagiados de esa fe, algo bastante inusual en los momentos actuales, participen en gran número en estas festividades, que tienen lugar en el último domingo de agosto, en los cuatro últimos de septiembre y en el primero de octubre.

Quizá para los mengibareños nos sea más fácil el comprenderlas, si re­cordamos nuestra niñez y evocamos aquellas tardes de septiembre, cuando ansiábamos que llegara el atardecer para salir de nuestras casas, llevando de la mano y colgado de una cuerda, con sumo cuidado, COMO si de un solemne ceremonial se tratara, un típico farol, hecho por nuestra buena madre, de un melón, al que se le había vaciado la pulpa, introducido una vela y hechas unas curiosas incisiones o dibujos en la corteza, normalmente, cruces, escaleras, cal­varios, estrellas y lunas, que al trasluz y de noche producían unos bellos efectos, más cuando entonces la iluminación de las calles de Mengíbar no era muy bri­llante, así como un curioso y fascinante espectáculo, por lo menos, así lo era para nosotros, los niños. Otras veces el farol estaba hecho con cartón, forrado con papeles de seda de colores y colocado en el extremo de una caña, tam­bién forrada, imitando así a los grandes faroles que los Hermanos de las Co­fradías de Mengíbar llevan en los Rosarios de la Aurora y procesiones de la tarde de los domingos de septiembre.

 

Cuando llegaban los primeros días del mes de septiembre, nos juntá­bamos los amigos de la calle o barrio, cada uno con su farol y, cantando esas PRECIOSAS y típicas coplillas, íbamos a visitar a nuestros familiares, formando pequeñas rondas, que causaban la admiración de cuantos nos contemplaban. Creo que del amplio repertorio de coplas, la que mejor sabíamos y cantábamos era la más bella y sencilla, pero TAMBIÉN, la más significativa:

El Rosario de la Carmelita, una campanita TOCA sin cesar, porque dice que viene María repartiendo flores por la «madruga».

Hoy, a pesar del paso de los siglos, perdura con fuerza ESTA entrañable, bella, típica y emotiva tradición, que encanta a propios y extraños, creyentes y agnósticos, fruto de una religiosidad, nunca tan popular, que se ha ido trans­mitiendo de generación en generación.

SEBASTIAN BARAHONA VALLECILLO.

Top